Un querido colega motoviajero que cumplió recientemente su sueño de llegar a Ushuaia en moto, piensa que los que viajan en motos grandes miran con desprecio a los que viajamos en motos chicas. No lo comparto, básicamente porque no me van las generalizaciones, pero también porque he podido advertir otros aspectos de la cuestión.
Por algún mecanismo extraño de mi mente, en mi caso es raro que me sienta en desventaja con los extranjeros, pero sí con otros argentinos que viajan con motos de mayor cilindrada, lo que provoca que me inhiba y evite el contacto. Creo que ésa puede ser también una de las razones por las que mi amigo advierte esa sensación negativa, nos autocalificamos en desventaja.
En el viaje del verano 2014 tuve una experiencia que modificó esa manera de sentir. Coincidí en la aduana de Libertadores con dos brasileros en BMW y un grupo de falconeros (falconeros= motoviajeros en Honda Falcon) de La Pampa. Las cosas se dieron de tal manera que para el momento en que llegamos a la aduana, ya venía conversando con los brasileros, pero en cambio no había tenido contacto con los falconeros, que me habían pasado en la ruta sin que nos saludáramos. La espera interminable en la aduana propició el acercamiento, la charla y algunos comentarios esclarecedores, como "Cuando te pasamos en la ruta le decía a mi esposa que hay que tener ovarios para viajar así", o "Tenemos la misma campera pero la tuya tiene ruta", o "Vení, mirá, ella es de Neuquén y anduvo por San Luis y Córdoba, ¡sola!"..., comentarios muy alejados de la soberbia que yo les adjudicaba y que evidencian en algún punto cierta admiración y, sin lugar a dudas respeto.
Me pregunté entonces si muchas veces, la falta de contacto no se debe a qué ambas partes nos retraemos ante la diferencia y, así surge la estrategia defensiva de encontrar falibilidad en los demás para elevar nuestra propia autoestima.
Lo cierto es que los viajes nos presentan la disyuntiva de abrirnos al mundo o continuar limitados en el 2x2 de nuestra propia burbuja. Personalmente, cada viaje me acerca más a vencer los prejuicios y buscar enriquecerme con el pensamiento y experiencias de otras personas. Quizás, si lo practicamos cada día podamos ser partícipes del cambio social que tanto anhelamos. Ése. El de la palomita con la rama de olivo en el pico. El del mundo en paz.
En el viaje del verano 2014 tuve una experiencia que modificó esa manera de sentir. Coincidí en la aduana de Libertadores con dos brasileros en BMW y un grupo de falconeros (falconeros= motoviajeros en Honda Falcon) de La Pampa. Las cosas se dieron de tal manera que para el momento en que llegamos a la aduana, ya venía conversando con los brasileros, pero en cambio no había tenido contacto con los falconeros, que me habían pasado en la ruta sin que nos saludáramos. La espera interminable en la aduana propició el acercamiento, la charla y algunos comentarios esclarecedores, como "Cuando te pasamos en la ruta le decía a mi esposa que hay que tener ovarios para viajar así", o "Tenemos la misma campera pero la tuya tiene ruta", o "Vení, mirá, ella es de Neuquén y anduvo por San Luis y Córdoba, ¡sola!"..., comentarios muy alejados de la soberbia que yo les adjudicaba y que evidencian en algún punto cierta admiración y, sin lugar a dudas respeto.
Me pregunté entonces si muchas veces, la falta de contacto no se debe a qué ambas partes nos retraemos ante la diferencia y, así surge la estrategia defensiva de encontrar falibilidad en los demás para elevar nuestra propia autoestima.Lo cierto es que los viajes nos presentan la disyuntiva de abrirnos al mundo o continuar limitados en el 2x2 de nuestra propia burbuja. Personalmente, cada viaje me acerca más a vencer los prejuicios y buscar enriquecerme con el pensamiento y experiencias de otras personas. Quizás, si lo practicamos cada día podamos ser partícipes del cambio social que tanto anhelamos. Ése. El de la palomita con la rama de olivo en el pico. El del mundo en paz.




























