Se dice en el mundo de las motos que hay dos clases de motoqueros: el que se cayó y el que se va a caer. Yo formo parte del primero de ellos. Ya me caí, lo que ciertamente no me inmuniza ante futuras caídas pero agrega experiencia. Fue el verano pasado, el 15 de enero del 2013. Te cuento este incidente aislado del resto del viaje porque está relacionado con mi posteo anterior.
Venía de hacer el circuito San Martín de los Andes, Villa Traful, Villa La Angostura, Bariloche, Confluencia Traful, Junín de los Andes. Iba hacia Villa Pehuenia donde me encontraría con 4 de mis 5 hijos (momento súper especial para todos ya que aunque nos vemos seguido, no se da con frecuencia que coincidamos en ese número). Luego pensaba cruzar a Chile por el Paso Icalma y recorrer la Ruta 5 Sur, o lo que la ruta me sugiriera. El objetivo principal era cruzar por un paso fronterizo diferente.
Para achicar distancias y desafiarme a mí misma con una ruta no muy transitada había decidido ir hasta Aluminé por Pilo-Lil, saliendo desde Junín de los Andes, y utilizando básicamente la RP 23. 107km, de los cuales 71 son de ripio.
Quizás debido a ésos 71 km es que se escucharon voces contradictorias. Algunas habituales, aconsejando "que no me arriesgara", y otras, afortunadamente las más, alentándome a viajar tranquila, como siempre lo hago, con las precauciones del caso.
Partida adrenalínica, estaba muy ansiosa por llegar al encuentro familiar en Pehuenia. Al cruzar el puente sobre el Malleo y dejar el pavimento veo el camino en muy buen estado. Este camino, que a la derecha gira y sube.
El día estaba soleado pero desde el oeste los nubarrones se me acercan.
La única parte del camino que me complicó un poco fueron unos 4km en bajada y en zig-zag que tenían unos huellones de piedra suelta bastante profundos. El resto es como cualquier otro camino de montaña, sinuoso, con pendientes, en partes de cornisa, pero ni remotamente intransitable, sino todo lo contrario. Ese verano me resultó más intransitable el camino de los 7 Lagos por los conductores que circulan a gran velocidad y la eternísima obra de pavimentación que deja sectores con mucha roca suelta.
En este lugar comenzó a llover. Mi duda en ese momento era si la ruta seguiría siendo ripio consolidado... De ser así ningún problema, de lo contrario en la posible arena o arcilla suelta, la lluvia me podía complicar la estabilidad. Pensé en ponerme el traje de agua pero dado el calor tremendo que hacía decidí seguir así nomás. De última sólo me mojaría las piernas, mi campera SRaggio se las rebanca. Aunque me gasten porque ya perdió su color original, es una masa.
Iba disfrutando de esos paisajes que suelen originar la pregunta: ¿a qué le sacaste foto acá?. "A mi tierra" respondo ahora, ya no gasto palabras para describir lo que se describe por sí mismo (siempre y cuando permitas que su vibra te alcance...).
El clima era inestable, lloviznaba intermitentemente. Al llegar a Pilo-Lil y ante la posibilidad de que aumentara la lluvia decidí seguir, sin hacer la parada "turística" que tenía prevista.
Llevaba las gafas de sol puestas y no paré a cambiarlas por las otras, esperando que volviera a salir el sol pero también esperando encontrar un lugar donde pararme y ser visible para otros conductores. Unos 35km antes de Aluminé, en una bajada pronunciada con una curva y contracurva muy cerrada vi una camioneta que venía en sentido contrario y bastante rápido, así que me tiré hacia la derecha para evitar que me alcanzaran las piedras que levantaba. Error. Al hacerlo no advertí que había un sector de menos de 2 metros lineales de arena donde la moto se clavó por venir a tan baja velocidad. Y me caí, como en cámara lenta. Afortunadamente iba circulando con la pared de la montaña a mi derecha, si hubiera ido contra el barranco probablemente la historia hubiera sido otra.
Y allí quedé, con la pierna izquierda bajo la rueda trasera de la moto y el caño de escape apoyado sobre la parte reforzada de mis zapatillas de trekking (mejor no se podría haber acomodado la Morocha para no quemarme). Shockeada, me estiré con dificultad para cortar el contacto de la moto y sentí un dolor muy fuerte en mi lado derecho. Tuve 10 segundos de autoconmiseración en los que se me llenaron los ojos de lágrimas, pero me dije a mí misma en voz alta: "No Pato, sos una mina fuerte, no te podés dar el lujo de sentirte débil, respirá hondo y esperá con calma que pase alguien que te saque la moto de encima.".
Y así lo hice. A los pocos minutos pasó un auto del que bajó una pareja. Levantaron la moto y también a mí. La chica se identificó como médica y me preguntó si estaba bien y si quería que me llevaran al hospital de Aluminé. Yo sabía que tenía alguna lesión en las costillas porque ya conocía ese dolor, pero pensé rápidamente en los inconvenientes que me ocasionaría decir que el dolor era muy intenso (dejar la Morocha tirada, tener que resolver como llevarla y demás), y le dije que estaba bien. Cuando le pedí ayuda para subirme a la moto advirtió que no era tan así, pero ante mi insistencia se fueron.
Anduve menos de 100mt y me di cuenta de que debía detenerme a acomodar un poco la moto. Con mucha dificultad me bajé, terminé de desprender el parabrisas que se había roto, enderecé un poco la dirección sosteniendo la rueda entre las piernas (es cierto eso de que la adrenalina genera fuerza extra), y seguí camino.

A pesar de no poder bajarme me detuve a sacar algunas fotos, pensando que quizás no volvería a pasar por ahí. Ahora sé que DEBO volver a pasar, porque no voy a permitir que me gane un parche de arena en el camino.
Al llegar a Aluminé fui al hospital donde sólo me preguntaron si tenía dificultad para respirar y me dejaron ir diciéndome que tomara un ibuprofeno, "No tenés nada", fue el diagnóstico hecho sin siquiera revisarme... Al recuperar la señal de celular llamé a mi hija, le conté lo sucedido y ante su sugerencia de irme a buscar con una camioneta, le dije que no era necesario, que me esperaran que estaba en camino. Paré en la estación de servicio para comprar agua y tomar el medicamento y seguí viaje, 60 km más.
En el hospital de Pehuenia no había RX, pero me revisaron y me dijeron que seguramente tenía una fisura. Compartí una semana con mis hijos esperando que el dolor cediera un poco y tratando de encontrar una solución. Obviamente, hasta ahí había llegado mi verano en la cordillera, pero no sabía qué hacer, si dejar la Morocha y volver en colectivo, llamar a alguien para que me fuera a buscar con un carrito o volver manejando. Finalmente opté por ésto último.
Pasé por el hospital antes de irme, pedí que me inmovilizaran lo más posible y que me inyectaran un diclofenac y partí rumbo a casa. En el hospital de Centenario me hicieron una radiografía pero ni aún así fueron capaces de darse cuenta de que tenía una costilla fracturada y dos fisuradas, cosa que sí hicieron con las mismas placas en un centro privado unos días después.
El esfuerzo físico de la vuelta fue importante, pero sigo pensando que volver manejando fue la mejor decisión. No sólo por no dejar a la Morocha en Pehuenia y luego tener que volver a buscarla, sino también porque hay de por medio una cuestión media loca de lealtad que me dice que tenemos que andar juntas, de lo contrario perdemos la energía magica de Mulán, el ciborg rutero.
Quizás debido a ésos 71 km es que se escucharon voces contradictorias. Algunas habituales, aconsejando "que no me arriesgara", y otras, afortunadamente las más, alentándome a viajar tranquila, como siempre lo hago, con las precauciones del caso.
Partida adrenalínica, estaba muy ansiosa por llegar al encuentro familiar en Pehuenia. Al cruzar el puente sobre el Malleo y dejar el pavimento veo el camino en muy buen estado. Este camino, que a la derecha gira y sube.
El día estaba soleado pero desde el oeste los nubarrones se me acercan.
La única parte del camino que me complicó un poco fueron unos 4km en bajada y en zig-zag que tenían unos huellones de piedra suelta bastante profundos. El resto es como cualquier otro camino de montaña, sinuoso, con pendientes, en partes de cornisa, pero ni remotamente intransitable, sino todo lo contrario. Ese verano me resultó más intransitable el camino de los 7 Lagos por los conductores que circulan a gran velocidad y la eternísima obra de pavimentación que deja sectores con mucha roca suelta.
En este lugar comenzó a llover. Mi duda en ese momento era si la ruta seguiría siendo ripio consolidado... De ser así ningún problema, de lo contrario en la posible arena o arcilla suelta, la lluvia me podía complicar la estabilidad. Pensé en ponerme el traje de agua pero dado el calor tremendo que hacía decidí seguir así nomás. De última sólo me mojaría las piernas, mi campera SRaggio se las rebanca. Aunque me gasten porque ya perdió su color original, es una masa.Iba disfrutando de esos paisajes que suelen originar la pregunta: ¿a qué le sacaste foto acá?. "A mi tierra" respondo ahora, ya no gasto palabras para describir lo que se describe por sí mismo (siempre y cuando permitas que su vibra te alcance...).
El clima era inestable, lloviznaba intermitentemente. Al llegar a Pilo-Lil y ante la posibilidad de que aumentara la lluvia decidí seguir, sin hacer la parada "turística" que tenía prevista.
Llevaba las gafas de sol puestas y no paré a cambiarlas por las otras, esperando que volviera a salir el sol pero también esperando encontrar un lugar donde pararme y ser visible para otros conductores. Unos 35km antes de Aluminé, en una bajada pronunciada con una curva y contracurva muy cerrada vi una camioneta que venía en sentido contrario y bastante rápido, así que me tiré hacia la derecha para evitar que me alcanzaran las piedras que levantaba. Error. Al hacerlo no advertí que había un sector de menos de 2 metros lineales de arena donde la moto se clavó por venir a tan baja velocidad. Y me caí, como en cámara lenta. Afortunadamente iba circulando con la pared de la montaña a mi derecha, si hubiera ido contra el barranco probablemente la historia hubiera sido otra.
Y allí quedé, con la pierna izquierda bajo la rueda trasera de la moto y el caño de escape apoyado sobre la parte reforzada de mis zapatillas de trekking (mejor no se podría haber acomodado la Morocha para no quemarme). Shockeada, me estiré con dificultad para cortar el contacto de la moto y sentí un dolor muy fuerte en mi lado derecho. Tuve 10 segundos de autoconmiseración en los que se me llenaron los ojos de lágrimas, pero me dije a mí misma en voz alta: "No Pato, sos una mina fuerte, no te podés dar el lujo de sentirte débil, respirá hondo y esperá con calma que pase alguien que te saque la moto de encima.".
Y así lo hice. A los pocos minutos pasó un auto del que bajó una pareja. Levantaron la moto y también a mí. La chica se identificó como médica y me preguntó si estaba bien y si quería que me llevaran al hospital de Aluminé. Yo sabía que tenía alguna lesión en las costillas porque ya conocía ese dolor, pero pensé rápidamente en los inconvenientes que me ocasionaría decir que el dolor era muy intenso (dejar la Morocha tirada, tener que resolver como llevarla y demás), y le dije que estaba bien. Cuando le pedí ayuda para subirme a la moto advirtió que no era tan así, pero ante mi insistencia se fueron.
Anduve menos de 100mt y me di cuenta de que debía detenerme a acomodar un poco la moto. Con mucha dificultad me bajé, terminé de desprender el parabrisas que se había roto, enderecé un poco la dirección sosteniendo la rueda entre las piernas (es cierto eso de que la adrenalina genera fuerza extra), y seguí camino.

A pesar de no poder bajarme me detuve a sacar algunas fotos, pensando que quizás no volvería a pasar por ahí. Ahora sé que DEBO volver a pasar, porque no voy a permitir que me gane un parche de arena en el camino.
Al llegar a Aluminé fui al hospital donde sólo me preguntaron si tenía dificultad para respirar y me dejaron ir diciéndome que tomara un ibuprofeno, "No tenés nada", fue el diagnóstico hecho sin siquiera revisarme... Al recuperar la señal de celular llamé a mi hija, le conté lo sucedido y ante su sugerencia de irme a buscar con una camioneta, le dije que no era necesario, que me esperaran que estaba en camino. Paré en la estación de servicio para comprar agua y tomar el medicamento y seguí viaje, 60 km más.
En el hospital de Pehuenia no había RX, pero me revisaron y me dijeron que seguramente tenía una fisura. Compartí una semana con mis hijos esperando que el dolor cediera un poco y tratando de encontrar una solución. Obviamente, hasta ahí había llegado mi verano en la cordillera, pero no sabía qué hacer, si dejar la Morocha y volver en colectivo, llamar a alguien para que me fuera a buscar con un carrito o volver manejando. Finalmente opté por ésto último.
Pasé por el hospital antes de irme, pedí que me inmovilizaran lo más posible y que me inyectaran un diclofenac y partí rumbo a casa. En el hospital de Centenario me hicieron una radiografía pero ni aún así fueron capaces de darse cuenta de que tenía una costilla fracturada y dos fisuradas, cosa que sí hicieron con las mismas placas en un centro privado unos días después.
El esfuerzo físico de la vuelta fue importante, pero sigo pensando que volver manejando fue la mejor decisión. No sólo por no dejar a la Morocha en Pehuenia y luego tener que volver a buscarla, sino también porque hay de por medio una cuestión media loca de lealtad que me dice que tenemos que andar juntas, de lo contrario perdemos la energía magica de Mulán, el ciborg rutero.










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