martes, 21 de octubre de 2014

El desafío de vencer los prejuicios


     Un querido colega motoviajero que cumplió recientemente su sueño de llegar a Ushuaia en moto, piensa que los que viajan en motos grandes miran con desprecio a los que viajamos en motos chicas. No lo comparto, básicamente porque no me van las generalizaciones, pero también porque he podido advertir otros aspectos de la cuestión.
     Por algún mecanismo extraño de mi mente, en mi caso es raro que me sienta en desventaja con los extranjeros, pero sí con otros argentinos que viajan con motos de mayor cilindrada, lo que provoca que me inhiba y evite el contacto. Creo que ésa puede ser también una de las razones por las que mi amigo advierte esa sensación negativa, nos autocalificamos en desventaja.
     En el viaje del verano 2014 tuve una experiencia que modificó esa manera de sentir. Coincidí en la aduana de Libertadores con dos brasileros en BMW y un grupo de falconeros (falconeros= motoviajeros en Honda Falcon) de La Pampa. Las cosas se dieron de tal manera que para el momento en que llegamos a la aduana, ya venía conversando con los brasileros, pero en cambio no había tenido contacto con los falconeros, que  me habían pasado en la ruta sin que nos saludáramos. La espera interminable en la aduana propició el acercamiento, la charla y algunos comentarios esclarecedores, como "Cuando te pasamos en la ruta le decía a mi esposa que hay que tener ovarios para viajar así", o "Tenemos la misma campera pero la tuya tiene ruta", o "Vení, mirá, ella es de Neuquén y anduvo por San Luis y Córdoba, ¡sola!"..., comentarios muy alejados de la soberbia que yo les adjudicaba y que evidencian en algún punto cierta admiración y, sin lugar a dudas respeto.
     Me pregunté entonces si muchas veces, la falta de contacto no se debe a qué ambas partes nos retraemos ante la diferencia y, así surge la estrategia defensiva de encontrar falibilidad en los demás para elevar nuestra propia autoestima.
     Lo cierto es que los viajes nos presentan la disyuntiva de abrirnos al mundo o continuar limitados en el 2x2 de nuestra propia burbuja. Personalmente, cada viaje me acerca más a vencer los prejuicios y buscar enriquecerme con el pensamiento y experiencias de otras personas. Quizás, si lo practicamos cada día podamos ser partícipes del cambio social que tanto anhelamos. Ése. El de la palomita con la rama de olivo en el pico. El del mundo en paz.
 

RITUALES DE VIAJE

     No soy una persona supersticiosa, pero desde que viajo en moto he adquirido algunos hábitos que podrían calificarse como supersticiones, dado el poder atribuído, o como rituales, dada su connotación simbólica.
     La primera ruteada fue con mi hijo Giovi y como un juego, para controlar que todo estuviera bien sin que sienta tan niño, le hice tres preguntas ("¿Casco abrochado?", "¿Mochila acomodada?","¿Pies en los pedalines?"), a cada una de las cuales él respondió con un fuerte: "¡SÍ!". Luego dijimos juntos: "¡ENTONCES...GO, GO, GO!". He aquí la génesis de la primera superstición, que desde entonces me impide iniciar un viaje sin un "GO, GO, GO!", aunque sean las 6 de la mañana y sólo la Morocha me acompañe.
     Luego vino el no pasar por determinados lugares sin tocar tres veces la bocina, como por ejemplo en El Solito o en el Gauchito Gil (porque que las hay, las hay... jajaj...)
     A medida que viajaba y me sintonizaba con la Ñuque Mapu -la Madre Tierra-, la Pachamama, Gaia o como vos la llames- nació la necesidad de expresarle mi sentir. Fue así que cada vez que algo me deslumbra grito "¡TE AMO GAIA!". (*) Allí, cuando me sincronizo con el latido de la tierra, siento la necesidad de abrazar el paisaje, el viento, el sol y la energía purificadora que me invaden, que alimentan mi espíritu, así es que abro los brazos queriendo abarcar todo éso y lo llevo a mi pecho entregándomelo a mí misma con dos golpecitos de mi puño cerrado... loco, pero realmente desestresante...
      Un tema aparte son los rituales compartidos con otros motoqueros. Desde el saludo al colega desconocido que se cruza en la ruta y que al ser respondido te hace sentir parte de una hermandad sin fronteras, hasta el respeto sine qua non al código no escrito que señala el auxilio al que está con averías en su vehículo. Y es que en cada viaje se intensifica la idea de que no son sólo costumbres "del palo", sino acciones con tal valor simbólico que no pueden dejar de ser llevadas a cabo.
     Tampoco olvido que la Morocha, mi Zanella 150, ha cobrado inesperada vida y personalidad en estos años. Ésto nos obliga a cuidarnos mutuamente, así es que cada vez que la dejo sola le doy dos palmadas en el costado derecho del tanque y le digo: "Portáte bien, te quedas acá y no te vas con nadie más". Y ella obedece, lo que amerita que cuando vuelvo le dé otras dos palmaditas para felicitarla. Lo mismo sucede en ocasión de sortear exitosamente un tramo de camino especialmente complicado; o al llegar de un viaje, sólo que en esas ocasiones la abrazo y le digo gracias, con los ojos algo llorosos... ¡Porque mi Zanella se la rebanca!.


     Y así sigo, a más km recorridos, más emociones guardadas, más cercanía con el pulso de la tierra. Quizás sea éso lo que incentiva la práctica de estos ritos atávicos y enriquecedores. 


 

SENTIR NOCTURNO

     Medianoche, dormitorio en penumbras, anteojos desbarrancando por mi nariz, el sonido bajo y calmo de mi música "para escribir" que también es la música que me permite soñar, sentir el llamado de la Ñuque Mapu que me indica suavemente los "dóndes" de este verano. Los mapas desparramados sobre la cama, con su crujir inquietante y su olor a aventura, me remiten a mundos desconocidos que simulan el anhelo de ser descubiertos sólo por mí. Y ella, mi fiel Zanella, mi Morocha, que descansa en un rincón de la cocina esperando ansiosa el momento en que al salir a la ruta, nos transformemos en Mulán, la princesa guerrera.