No soy una persona supersticiosa, pero desde que viajo en moto he adquirido algunos hábitos que podrían calificarse como supersticiones, dado el poder atribuído, o como rituales, dada su connotación simbólica.
La primera ruteada fue con mi hijo Giovi y como un juego, para controlar que todo estuviera bien sin que sienta tan niño, le hice tres preguntas ("¿Casco abrochado?", "¿Mochila acomodada?","¿Pies en los pedalines?"), a cada una de las cuales él respondió con un fuerte: "¡SÍ!". Luego dijimos juntos: "¡ENTONCES...GO, GO, GO!". He aquí la génesis de la primera superstición, que desde entonces me impide iniciar un viaje sin un "GO, GO, GO!", aunque sean las 6 de la mañana y sólo la Morocha me acompañe.
Luego vino el no pasar por determinados lugares sin tocar tres veces la bocina, como por ejemplo en El Solito o en el Gauchito Gil (porque que las hay, las hay... jajaj...)
A medida que viajaba y me sintonizaba con la Ñuque Mapu -la Madre Tierra-, la Pachamama, Gaia o como vos la llames- nació la necesidad de expresarle mi sentir. Fue así que cada vez que algo me deslumbra grito "¡TE AMO GAIA!". (*) Allí, cuando me sincronizo con el latido de la tierra, siento la necesidad de abrazar el paisaje, el viento, el sol y la energía purificadora que me invaden, que alimentan mi espíritu, así es que abro los brazos queriendo abarcar todo éso y lo llevo a mi pecho entregándomelo a mí misma con dos golpecitos de mi puño cerrado... loco, pero realmente desestresante...
Un tema aparte son los rituales compartidos con otros motoqueros. Desde el saludo al colega desconocido que se cruza en la ruta y que al ser respondido te hace sentir parte de una hermandad sin fronteras, hasta el respeto sine qua non al código no escrito que señala el auxilio al que está con averías en su vehículo. Y es que en cada viaje se intensifica la idea de que no son sólo costumbres "del palo", sino acciones con tal valor simbólico que no pueden dejar de ser llevadas a cabo.
Tampoco olvido que la Morocha, mi Zanella 150, ha cobrado inesperada vida y personalidad en estos años. Ésto nos obliga a cuidarnos mutuamente, así es que cada vez que la dejo sola le doy dos palmadas en el costado derecho del tanque y le digo: "Portáte bien, te quedas acá y no te vas con nadie más". Y ella obedece, lo que amerita que cuando vuelvo le dé otras dos palmaditas para felicitarla. Lo mismo sucede en ocasión de sortear exitosamente un tramo de camino especialmente complicado; o al llegar de un viaje, sólo que en esas ocasiones la abrazo y le digo gracias, con los ojos algo llorosos... ¡Porque mi Zanella se la rebanca!.
Y así sigo, a más km recorridos, más emociones guardadas, más cercanía con el pulso de la tierra. Quizás sea éso lo que incentiva la práctica de estos ritos atávicos y enriquecedores.

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