viernes, 25 de noviembre de 2016

UN BOLSO PANAM CELESTE

Llegué a Neuquén hace 30 años con un pequeño bolso Panam celeste, anhelos de cambios y plata para 5 días de hotel barato y algo de comida. No recuerdo muchos detalles de mis planes previos, excepto que había visto en televisión un programa dedicado a El Chocón donde se decía que faltaban docentes y decidí que era la solución a mis problemas de trabajo, cosa que a la distancia me parece un gran salto al vacío. En ese momento, la necesidad, las ganas y la inconsciencia, más una buena dosis de pensamiento mágico, me llevaron a creer que conseguiría trabajo inmediatamente y de alguna manera sobreviviría a la loca experiencia. Algo así sucedió.
Aunque el pequeño bolso dio paso a maletas más grandes y modernas, la rueda de la vida me ha llevado a volver a la economía de espacio, esta vez por elección propia y no por obligación. Soy motoviajera, lo que me obliga a privilegiar lo indispensable, en principio porque la moto no admite grandes equipajes, pero también porque descubrí que lo más importante no es lo de afuera, la vestimenta o el equipamiento ultranovedoso. Lo significativo, lo trascendental es lo que sucede dentro mío, la paulatina transformación que experimento km a km, cuando me deshago de lo superfluo, las preocupaciones y los temores, y me enfoco en la comunión con lo esencial, la tierra misma.
Tantos años después, lo básico no se ha modificado. El equipaje sigue siendo mínimo y yo sigo estando ávida de nuevas experiencias, por más locas que parezcan. Afortunadamente.